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jueves, 15 de mayo de 2014

LOS MUERTOS YA NO TIENEN DESEOS

"¿De qué me sirve el que me enseñes las reglas y los sofismas de los rétores? ¿Qué necesidad tengo de todas estas palabras que no me sirven para nada? Enséñame, ante todo, a beber el dulce licor de Baco; enséñame a volar con Venus, la de las trenzas de oro. Cabellos blancos coronan mi cabeza. Dame agua, vierte vino, joven adolescente; aduerme mi razón. Pronto habré cesado de vivir y cubrirás mi cabeza con un velo. Los muertos ya no tienen deseos"

Anacreonte ( s. VI a.C.-id., s. V a.C.), poeta griego, citado de Filosofía y Poesía de María Zambrano (p.34) 



miércoles, 14 de mayo de 2014

Y EL DELIRIO...

"La poesía se aferra al instante y no admite la esperanza, el consuelo de la razón. Al acercarnos a la razón y a la poesía en sus comienzos, en su aurora esplendente griega, aparecen con papeles contrarios a los que imaginamos. 
En los tiempos modernos, la desolación ha venido de la filosofía y el consuelo de la poesía. Mas aquí vemos lo contrario, la poesía es la voz de la desesperación,l de la melancolía y del amor a lo pasajero que no se quiere consolar de perderlo o de perderse. Por eso se embriaga. "Acerca mi copa, porque es mejor para mí estar tendido ebrio que muerto" (Anacreonte) [...] La razón no es sino renuncia, o tal vez la impotencia de la vida. Vivir es delirar. Lo que no es embriaguez, ni delirio, es cuidado. Y ¿a qué el cuidado por nada, si todo ha de terminarse? El filósofo concibe la vida como un continuo alerta, como un perpetuo vigilar y cuidarse. El filósofo vive en su conciencia, y la conciencia no sino cuidado y preocupación. 
Cuidado y preocupación, porque tiene algo que no acaba de tener dueño de esta conciencia. Porque tiene un comienzo de algo imperecedero y que sin embargo, depende para su logro, de que él lo logre. Porque el filósofo siente que se ha dado, junto con la vida una reminiscencia. 
Reminiscencia de su origen, que le llevará a su fin, si pone cuidado de concertar su vida a ella. Pero el poeta no siente la reminiscencia sino que huésped enteramente de este mundo, lo ama y se siente apegado a sus goces. ¿Es que el poeta, poseído por el entusiasmo, ha sido sin embargo, dejado de la mano de los dioses? ¿O es acaso, que está poseído enteramente por lo divino de este mundo y por ello no quiere por nada abandonarlo?
Le poseen, sí, los dioses de este mundo, que, sin duda los tiene, El mismo Platón en el Fedro habla de los efectos de la belleza a causa de su resplandor, y del sagrado terror que produce en el amante, la belleza de la criatura amada. 
Y comparando a la belleza con la sabiduría, da a entender que la belleza nos atrae más porque es visible. "En cuanto a la belleza, brilla, como ya he dicho entre todas las demás esencias y en nuestra estancia terrestre, donde lo eclipsa todo con su brillantez, la reconocemos por el más luminoso de nuestros sentidos" [...] el poeta, está poseído por la hermosura que brilla, por la belleza resplandeciente que destaca entre todas las cosas. Y sabe, es lo único que no puede olvidar, que tendrá que dejar de verla, de gozar su brillo. El poeta está, para su desventura, consagrado a una divinidad que perece, en el doble sentido, de que la vemos irse ante nosotros y de que nosotros también nos iremos a donde ella ya no esté. El poeta olvida lo que el filósofo se afana en recordar, y tiene presente en todo instante, lo que el filósofo ha desechado para siempre. El poeta se desentiende de la reminiscencia que despierta a la razón, y está en vela ante todo lo que el filósofo ha olvidado". 

María Zambrano (1904-1991) en Filosofía y Poesia (p.p.35 y 36) 



martes, 13 de mayo de 2014

EL INFIERNO DEL POETA

"¡Pobres hombres bajo el terror de tanta divinidad celosa, vengativa, de tanta justicia despiadada! Justicia también la de los dioses, pero justicia divina, es decir, irracional, puramente vindicativa. El hombre era menos que los dioses y tenía, en consecuencia, que ser arrollado por ellos. 
Frente a esto, la justicia platónica significaba la humanización de la justicia. Su República era la ciudad construída por el hombre con su razón [...] Así Platón en su afán por la independencia humana, por su hacer salir al hombre del orbe de la tragedia, reunió el contenido humano y lo puso bajo el mando de la razón. Pues que al fin, por la razón existía el hombre, y se liberaba de los dioses tiránicos.
El poeta era el único agente de esa tiranía, el único que con su voz no pregonaba la razón. La única voz del pasado, del ayer trágico y melancólico. El poeta era el representante de los dioses. De todos los dioses; de los antiguos, de los modernos y de los desconocidos, ya que era capaz de inventar otros. El logos se traicionaba a sí mismo en la poesía, funcionaba ilegítimamente.  es que la poesía aunque palabra no era razón. ¿Cómo es posible este divorcio? 
El logos,-palabra y razón-se escinde por la poesía, que es la palabra, sí, pero irracional. Es, en realidad, la palabra puesta al servicio de la embriaguez. Y en la embriaguez el hombre es ya otra cosa que hombre; alguien  viene a habitar su cuerpo; alguien posee su mente y mueve su lengua; alguien le tiraniza. En la embriaguez el hombre duerme, ha cesado perezosamente en su desvelo y ya no se afana en su esperanza racional. No sólo se conforma con las sombras de la pared cavernaria, sino que sobrepasando su condena, crea sombras nuevas y llega hasta a hablar de ellas y con ellas. Traiciona a la razón usando su vehículo: la palabra, para dejar que por ella hablen las sombras, para hacer de ella la forma del delirio. El poeta no quiere salvarse; vive en la condenación y todavía más, la extiende, la ensancha, la ahonda. La poesía es realmente, el infierno.
El infierno, que es-como siglos más tarde un poeta platónico dijera-"el lugar donde no se espera", es también el lugar de la poesía, porque la poesía es lo único rebelde ante la esperanza de la razón. La poesía es embriaguez y sólo embriaga el que está desesperado y no quiere dejar de estarlo. El que hace de la desesperación su forma de ser, su existencia.
Y así es el mundo de la tragedia. Pero también el mundo de la lírica griega. Embriaguez y canto; canto, panida, pánico, melancolía inmensa de vivir, de desgranar los instantes, uno a uno, para que pasen sin remedio. Y la muerte. La poesía no acepta la razón para morir; la razón como aquello que vence la muerte. Para la poesía, a la muerte nada la vence, sino es momentáneamente, el amor. Sólo el amor. Pero el amor desesperado, el amor que irremisiblemente también, hacia la muerte"

María Zambrano (1904-1991) en Filosofía y Poesia (p.p.32 y 33)