"Giramos otra vez en un rayo de la rueda; en el centro del eje, la cara de Alejandro. Nuevamente al galope. Pero ahora no tengo temor de las bestias que urde la noche a mis espaldas, ni de la mano impensable que se alarga para arrebatarme, porque el abuelo Damián me ha corrido hacia adelante en el recado y me protege la espalda con su cuerpo y los costados con la barrera que forman el brazo que me ciñe y las dos riendas. ¿Quién le hablò de mis miedos?
En adelante, cualquier forma que tome el camino podrá ser descubierta por él al mismo tiempo que por mi. Siempre tengo menos miedo a lo que enfrento con los ojos que a lo que pueda sorprenderme sin que yo lo haya visto. Por eso duermo con la espalda pegada a la pared y no puedo sentarme sino dando la cara frente a una puerta abierta. Aunque no oiga nada, hay ovillos que significan otra cosa y que caen, rebotan y se deslizan astutamente silenciosos; aunque no vea nada hay algo que están tejiendo contra mí.
Claro que ahora todo está tan oscuro que casi es como si sucediera atrás, y como si ese atrás fuera la noche entera que se está enredando para envolvernos. La siento trabajar, muy cerca, agazapada entre los matorrales agitados que se abren y se espesan bordeando el campo abierto pero impenetrable contra el cielo tenebroso; la siento preparar sus materiales, disolver a lo lejos esos resplandores pàlidos que de pronto se insinúan como una salvación, para incorporarlos a su propia sustancia, a la madeja del horror; la siento tender a los costados las apretadas telas con que abrá de ceñirnos"
Olga Orozco en "La oscuridad es otro sol" (p.18 y 19).
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martes, 20 de enero de 2015
lunes, 19 de enero de 2015
ME ESTÁ HELANDO LAS LÁGRIMAS... OLGA OROZCO
"[...] mi sangre corre arrastrando una sangre inmóvil como una piedra que continúa hasta que también la mía sea piedra; mi corazón late sobre un corazón paralizado definitivamente por la escarcha. Ahora mismo me está helando las lágrimas"
domingo, 18 de enero de 2015
ADIÓS...OLGA OROZCO
" ´Adiós, tía Valeria. Te vas a aquedar encerrada para siempre entre vidrios ahumados, como en un eclipse. No importa. Igual te verán. Te están espiando para devorarte todos los cajones de tu casa, y las plantas se disecan mientras duermen, y en todos los rincones hay encapuchados de ojos luminosos que hacen señas de tigres de Bengala. Adiós, tía Valeria, tienes las manos frías de las viudas que acarician bandadas de gallináceas negras. No importa. Te quiero igual, aunque tengas una vpz espaciada, tan distante que flota en el aire, como las gasas de los lutos ajenos. Te quiero porque te llamas Valeria hasta en la luna, porque en tres días no me espiaste para verme llorar y porque sé que sabes que yo sé.
Adiós, tía Valeria: no nos veremos nunca más'. Veré años después tu fotografía, y tu estarás cada vez más pálida entre las plantas cada vez más carnosas, con tu cara de saber que yo sé que Alejandro ha muerto.
Y lo sé. Cuando los demás creen que uno no sabe, intercambian miradas de complicidad tan exageradas que bastaría para enterar a cualquiera, o quizá lo hagn precisamente por eso, por puro juego de tentación; cuando sospechan que uno puede sospecharlo, olfatean aprensivamente, como si hubiera un perro muerto en algún lado, mientras hablan con hipocresía de los exquisitos perfumes de la estación; cuando saben que uno ya lo sabe-como Valeria-, se suman al mundo entero para ser nada más que testigos obstinados e indiferentes de 'eso' que nadie puede escamotear, porque ya sucedió, y por lo tanto continuará sucediendo aunque se olvide. Lo sé. Es útil que el abuelo Damián me haya traído hasta aquí, 'antes', hace tres días, y que ahora me lleve puntualmente de regreso, a la hora prometida, en el presagio de la tormenta y de la noche, como si sólo hubiera tratado de escaparle al viento, como si mientras tanto el viento hubiese pasado por mi casa cerrando solo de golpe una puerta que encontraremos cerrada para siempre al regresar. Yo sé que ha sido mucho más que el viento, mucho más que una puerta. Ha sio un precipicio que no me han dejado atravesar con los demás, por primera vez. Lo cayaron más para mí durante los tres días de las dos ausencias, sin saber que esa muerte se me ha cotagiado, a cualquier distancia, y que no me dejará jamás.
¿De qué manera y cuándo lo supe? Lo supe como muchas otras cosas, tratando de ver hasta no ver, o al revés [...] apareció la cara de mi hermano Alejandro.
Cerré los ojo, y con mis ojos cerrados lo vi con sus ojos cerrados. Tenía las mejillas más hundidas, los labios pálidos y un color muy triste, un colo de no volver más a ningún otro color, sino de ir desapareciendo cada vez más dentro de ese mismo color"
Olga Orozco en "La oscuridad es otro sol" (p.16 y 17).
Adiós, tía Valeria: no nos veremos nunca más'. Veré años después tu fotografía, y tu estarás cada vez más pálida entre las plantas cada vez más carnosas, con tu cara de saber que yo sé que Alejandro ha muerto.
Y lo sé. Cuando los demás creen que uno no sabe, intercambian miradas de complicidad tan exageradas que bastaría para enterar a cualquiera, o quizá lo hagn precisamente por eso, por puro juego de tentación; cuando sospechan que uno puede sospecharlo, olfatean aprensivamente, como si hubiera un perro muerto en algún lado, mientras hablan con hipocresía de los exquisitos perfumes de la estación; cuando saben que uno ya lo sabe-como Valeria-, se suman al mundo entero para ser nada más que testigos obstinados e indiferentes de 'eso' que nadie puede escamotear, porque ya sucedió, y por lo tanto continuará sucediendo aunque se olvide. Lo sé. Es útil que el abuelo Damián me haya traído hasta aquí, 'antes', hace tres días, y que ahora me lleve puntualmente de regreso, a la hora prometida, en el presagio de la tormenta y de la noche, como si sólo hubiera tratado de escaparle al viento, como si mientras tanto el viento hubiese pasado por mi casa cerrando solo de golpe una puerta que encontraremos cerrada para siempre al regresar. Yo sé que ha sido mucho más que el viento, mucho más que una puerta. Ha sio un precipicio que no me han dejado atravesar con los demás, por primera vez. Lo cayaron más para mí durante los tres días de las dos ausencias, sin saber que esa muerte se me ha cotagiado, a cualquier distancia, y que no me dejará jamás.
¿De qué manera y cuándo lo supe? Lo supe como muchas otras cosas, tratando de ver hasta no ver, o al revés [...] apareció la cara de mi hermano Alejandro.
Cerré los ojo, y con mis ojos cerrados lo vi con sus ojos cerrados. Tenía las mejillas más hundidas, los labios pálidos y un color muy triste, un colo de no volver más a ningún otro color, sino de ir desapareciendo cada vez más dentro de ese mismo color"
Olga Orozco en "La oscuridad es otro sol" (p.16 y 17).
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