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sábado, 4 de octubre de 2014

EL NIÑO Y EL RÍO: LA HUÍDA

"Yo comprendía. Desocupado y solo, erraba un poco por la casa, y luego me iba a sentar bajo la higuera del pozo. Fue allí donde cierto día de abril me tomó la tentación de improvisto. Y supo hablarme. Era una tentación de primavera, una de las más dulces que existen creo yo, para quien es sensible al cielo puro, a las hojas frescas y a las flores que recién acaban de reventar su capullo.
Ésa fue la razón por la que yo cedí.
Partí corriendo a través de los campos. ¡Ah! ¡El corazón me saltaba del pecho! La primavera lucía en todo su esplendor. 
Cuando empujé la puerta que da sobre la pradera, mil perfumes de hierbas, de árboles, de corteza fresca, me saltaron al rostro. 
Corrí hasta un bosquecillo sin volver la cabeza. Las abejas danzaban allí. El aire lleno de polen de las flores vibraba al temblor de sus alas. Un poco más allá, un vergel de almendros no era sino un nevado de flores donde zureaban las primeras palomas del año. 
Yo estaba embriagado.
Los senderos me llamaban socarronamente. "Ven, ¿qué te importan algunos pasos más? El primer recodo no está lejos. Si quietes, te puedes detener delante de la enramada de espinos blancos. " Esas incitaciones me hacían perder la cabeza. Una vez lanzado en esas sendas que serpentean entre dos setos cargados de pájaros y de bayas azules ¿podía acaso detenerme?"

Henri Bosco (1888-1976) escritor francés, un fragmento de "El niño y el río" (p. 13 y 14)



viernes, 3 de octubre de 2014

EL NIÑO Y EL RÍO: EL DESVÁN DE LA TÍA MARTINA

"Pero de todas las habitaciones que podía ofrecerle nuestra vieja casona, ella prefería el desván. Subía allí todas las tardes, allí permanecía hasta la llegada de las primeras sombras.
Era su refugio predilecto; su paraíso. En él se alienaban viejos baúles claveteados de cobre y revestidos de pelo de cabra. Baúles centenarios cargados de viejos vestidos, chaquetas floreadas, blusas de raso, encajes amarrillentos, bordados, zapatos con hebillas de plata, botas de charol. ¡Y qué trajes! Todos de seda o tejidos con hilos de oro, bordes escarchados de lentejuelas de oro y cintas de color plateado, rojo muy vivo, púrpura...Descoloridos, sin duda, y que olían a vejez, ¡pero con qué encanto! Pues de todo esto se desprendía aún el perfume del espliego y de la manzana reineta.
Yo enloquecía al  contemplarlos. ¡Y no eran las únicas maravillas! Venerables retratos de familia colgaban en las paredes de un clavo. En un rincón se amontonaba la vajilla pintada. Dos candelabros de plata reposaban sobre un cofre de ébano. Libros empastados en cuero se arrastraban por el suelo, entre un montón de papeles amarillentos, donde anidaban las ratas... En fin, en el cielo raso se veía suspendido, por la cola y la cabeza, un viejo cocodrilo disecado, regalo de un tío marinero, el tío Aníbal. 
Cuando tía Martina subía al desván, nada en el mundo, según creo, la podía arrancar de allí. Se encerraba, dando dos vueltas a la llave, y no me concedía el derecho de seguirla.
-Anda a jugar al jardín-me decía-. Yo tengo que arreglar los trapos"

Henri Bosco (1888-1976) escritor francés, un fragmento de "El niño y el río" (p. 12 Y 13)



jueves, 2 de octubre de 2014

EL NIÑO Y EL RÍO: PASCAL HABLANDO DE BARGABOT

"A veces se ausentaba durante quince días seguidos, y yo me moría de inquietud. Me poseía un loco deseo de escaparme hasta el río. Pero temía a mi padre, que no se andaba con bromas.
En invierno no era un deseo tan vivo: hace frío, silba el viento, cae la nieve; sería una locura vagar por los campos. Se está bien al amor de la lumbre, y no hay porqué moverse. Pero en la primavera el viento es dulce, el tiempo es ligero. Nos hace falta movernos, salir en busca de aire. Esta necesidad me dominaba como a  todo el mundo. Y el deseo de escaparme era tan violento, que temblaba de miedo. 
Temía ceder a la tentación y partir una bella mañana hacia la aventura.
Lo único que me faltaba era la ocasión"

Henri Bosco (1888-1976) escritor francés, un fragmento de "El niño y el río" (p. 11)