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sábado, 1 de marzo de 2014

EL POETA QUE QUISO SER POEMA

"Jaime Gil de Biedma, en la sonoridad misma de su nombre de fricativas y diptongos, encierra la mejor tradición poética española, aprendida en infatigables lecturas iniciadas en el -para él- paraíso de paz que le brindó la Guerra Civil en Nava de la Asunción, y modernizada por el inevitable tamiz de la propia experiencia, tan rica y vasta en su caso, tan expuesta a los demás a través de sus versos, y tan escondida también en su poesía, valga la contradicción, que en este caso vale. El contrasentido, decimos, es natural en el poeta, diríase que en todos los poetas: toda poesía es autobiográfica, descarnadamente autobiográfica en el caso de Gil de Biedma, como acertadamente han referido Francisco Rico o Miguel Dalmau, su biógrafo. Pero también, y sobre todo, se presenta como un juego de máscaras en torno al yo y al personaje poético que no deja de ser un juego metapoético muy del gusto de quien trata de buscar un voz propia y singular entre los saturados estantes de la poesía.                                                       

A eso dedicó su vida Jaime Gil de Biedma, a soñarse como poeta. O, según propia confesión, a soñarse como poema. Dijo Juan Rulfo, hastiado de preguntas siempre en la misma dirección, que dejó de escribir porque se le murió su tío Celerino, que era el que le contaba las historias. ¿Cuál fue el particular 'tío Celerino' de Jaime Gil de Biedma? ¿Por qué ese silencio temprano tras una producción breve, pero redonda? Sus respuestas son dos: «Una, que mi poesía consistió -sin yo saberlo- en una tentativa de inventarme una identidad; inventada ya, y asumida, no me ocurre más aquello de apostarme entero en cada poema que me ponía a escribir, que era lo que me apasionaba, Otra, que todo fue una equivocación: yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema». Es decir, el resultado de la poesía, «uno de los instrumentos más eficientes para abolir aduanas, para derruir lugares de observación y vigilancia, para derribar las costumbres y las modas, que nos hace entrar en una verdadera comunión entre las palabras y los hechos, las palabras y lo que ellas nombran», según propia definición.                                                                                                                                   
Ocurre, sin embargo, que en Jaime Gil de Biedma, autor de algunos de los más memorables poemas jamás escritos en lengua española, la línea entre el yo poético y el yo personal se hace tan tenue y difusa que apenas se distingue. Inventarse una identidad escribiéndose a sí mismo: construyéndose como poema, el poema-espejo de su vida. «Un libro de poemas no viene a ser otra cosa que la historia del hombre que es su autor, pero elevada a un nivel de significación en que la vida de uno es ya la vida de todos los hombres, o por lo menos -atendidas las inevitables limitaciones objetivas de cada experiencia individual- de unos cuantos entre ellos». Toda poesía es social.                                                                                                                                                 
La historia del hombre, de este hombre, es conocida: familia de la alta sociedad, cercana a la aristocracia, abogado y hombre de negocios, lector infatigable, cosmopolita, atormentado, homosexual, conversador insaciable de dardo hiriente y cultista, buceador de los bajos fondos, bebedor fogoso, miembro destacado de la Generación del 50, heredera directa de la del 27, sin nada que envidiarle. Y padre, claro, de la poesía de la experiencia, así proclamado por otros. Una experiencia que abomina lo anecdótico, como él mismo aclara en una entrevista: «Cuando hablamos de poesía de la experiencia no hablamos de contar lo que le ha pasado a uno, de una suerte de cotilleo de la vida nocturna de ayer, de las posturas amorosas del año pasado, poesía de la experiencia es escribir un poema donde la voz que se escucha sufre la vida, padece la existencia, hace sentir el recuerdo del placer o el dolor de las separaciones». Sus dos grandes temas: el paso del tiempo y las relaciones amorosas.                                                                                                                                            

El poeta que quiso ser poema comenzó a construir su andamiaje con 19 años, pero sus versos no se publicaron hasta diez años después. Hacer poesía fue para Jaime Gil de Biedma «una manera de construirme un muro contra el mundo exterior, una suerte de andamio contra mis propias debilidades interiores». Con el tiempo, el poeta encontró su poema y nació una voz reconocible, propia e intransferible. «Alcancé un tono, una voz que me hacía idéntico a la imagen que había querido crear de mí ante los otros». Una imagen, claro, que no era más que el reflejo de su propia existencia, a pesar de la insistencia en la máscara poética de un autor que siempre careció de la «innoble servidumbre de amarse a sí mismo»"
Andrés Marín Cejudo