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viernes, 3 de octubre de 2014

EL NIÑO Y EL RÍO: EL DESVÁN DE LA TÍA MARTINA

"Pero de todas las habitaciones que podía ofrecerle nuestra vieja casona, ella prefería el desván. Subía allí todas las tardes, allí permanecía hasta la llegada de las primeras sombras.
Era su refugio predilecto; su paraíso. En él se alienaban viejos baúles claveteados de cobre y revestidos de pelo de cabra. Baúles centenarios cargados de viejos vestidos, chaquetas floreadas, blusas de raso, encajes amarrillentos, bordados, zapatos con hebillas de plata, botas de charol. ¡Y qué trajes! Todos de seda o tejidos con hilos de oro, bordes escarchados de lentejuelas de oro y cintas de color plateado, rojo muy vivo, púrpura...Descoloridos, sin duda, y que olían a vejez, ¡pero con qué encanto! Pues de todo esto se desprendía aún el perfume del espliego y de la manzana reineta.
Yo enloquecía al  contemplarlos. ¡Y no eran las únicas maravillas! Venerables retratos de familia colgaban en las paredes de un clavo. En un rincón se amontonaba la vajilla pintada. Dos candelabros de plata reposaban sobre un cofre de ébano. Libros empastados en cuero se arrastraban por el suelo, entre un montón de papeles amarillentos, donde anidaban las ratas... En fin, en el cielo raso se veía suspendido, por la cola y la cabeza, un viejo cocodrilo disecado, regalo de un tío marinero, el tío Aníbal. 
Cuando tía Martina subía al desván, nada en el mundo, según creo, la podía arrancar de allí. Se encerraba, dando dos vueltas a la llave, y no me concedía el derecho de seguirla.
-Anda a jugar al jardín-me decía-. Yo tengo que arreglar los trapos"

Henri Bosco (1888-1976) escritor francés, un fragmento de "El niño y el río" (p. 12 Y 13)