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domingo, 18 de mayo de 2014

¿CÓMO LLAMARSE EL POETA?

"La poesía es la conciencia más fiel de las contradicciones humanas, porque es el martirio de la lucidez, del que acepta la realidad tal y como se da en el primer encuentro. Y acepta sin ignorancia, con el conocimiento de su trágica dualidad y de su aniquilamiento final. 
El poeta siente la angustia de la carne, su ceniza, antes y más que los que quieren aniquilarla. El poeta no quiere aniquilar nada, nada sobre todo, de las cosas que el hombre no ha hecho. Rebelde ante las cosas que son hechura humana; es humilde, reverente, con lo que encuentra ante sí y que él no puede desmontar: con la vida y sus misterios. Vive, habitada en el interior de ese misterio como dentro de una cárcel y no pretende saltarse los muros con preguntas irrespetuosas. Eterno enamorado, nada exige. Pero su amor lo penetra todo lentamente.
El poeta vive según la carne y más aún, dentro de ella. 
Pero, la penetra poco a poco; va entrando en su interior, va haciéndose dueño de sus secretos y al hacerla transparente, la espiritualiza. La conquista para el hombre, porque la ensimisma, la hace dejar de ser extraña.
Poesía es, sí, lucha con la carne, trato y comercio con ella, que desde el pecado-"la locura del cuerpo"-lleva a la caridad. Caridad, amor a la carne propia y a la ajena. Caridad que no puede resolverse a romper los lazos que unen al hombre con todo lo vivo, compañero de origen y creación.
Porque al pecado de la carne sigue la gracia de la carne, la caridad. Pecado carnal y caridad son frutos cristianos, pero los dos están al borde de salir de su sueño en las páginas del Fedro, del Fedón o del Banquete. De un momento a otro parece que van a surgir las dos palabras que solo el cristianismo trajo.
Se acerca a ellas-pecado, caridad-tanto como se acerca a la poesía. La poesía sí las lleva consigo; con sus mismas entrañas, la constituyen. Mas la poesía ha tardado mucho en saberlo; agobiada con su tesoro, nunca se puso a contarlo. Nunca volvió los ojos, los ojos tristes, hacia sí. 
Nunca-generosa y desesperada-se ocupó de sí como la filosofía desde el primer instante hiciera. 
El poeta no se cuida de hacer el recuento de sus bienes y de sus males; el inventario de su fortuna. Porque el poeta no puede saber quién es, ni sabe siquiera lo que busca.
El filósofo, al menos, sabe lo que busca y por ello se define-filo-sofo-. El poeta como no busca, sino que encuentra, no sabe cómo llamarse. Tendría que adoptar el nombre de lo que le posee, de lo que le toma allanando la morada de su alma, de lo que le arrebata. Pero no sería fácil, pues en cambio apegado, enredado en sueños sin forma ni siquiera ímpetu, se siente vivir en la carne cuando la carne todavía es opaca y no se ha hecho transparente por la luz de la belleza. ¿Cómo llamarse el poeta? Perdido en la luz, errante en la belleza, pobre por exceso, loco por demasiada razón, pecador bajo la gracia. 
El filósofo busca porque se siente incompleto y necesitado de completarse, porque siente su naturaleza alterada y quiere conquistarla. Pero el poeta nada en abundancia, en el exceso. Y tal vez por esta sobreabundancia el poeta no pueda elegir. Por vivir inundado por la gracia no puede recogerse sobre sí, intentar ser sí mismo, ni sabe qué sea esto de"sí mismo" que es la obsesión del filósofo. Perdido en la riqueza, ciego en la luz. Pecador en la gracia, viviendo según la carne y según la caridad"

María Zambrano (1904-1991) en Filosofía y Poesía (p.p. 63 y 64)